Reflexiones del Camino de Santiago

3–5 minutos

Hace unas semanas realicé el Camino de Santiago. Aunque temo caer en la repetición de todos y decir que te cambia la vida, que es una experiencia enriquecedora en todos los sentidos: personal, social y espiritual. Así lo es.

En mis largos paseos, reflexioné mucho. Las personas que somos asiduas a este tipo de escape de nuestra realidad encontramos un significado profundo en nuestras vidas con EL CAMINO. Cuando decides hacer el Camino, no es solo ir y ya. Es un proceso largo y precioso.

Antes de comenzar, te dedicas a planificar cada detalle: elegir la ruta, coordinar fechas, preparar el equipo y asegurarte de estar físicamente preparada. La anticipación y los preparativos ya son una parte emocionante del viaje. Una vez tomada la decisión, empieza la cuenta atrás, aunque muchas veces puede producir frustración por la espera. Ya que muchas veces esperamos el resultado final y no vivimos el proceso.

Esto no se aleja de nuestras metas: ascender a un mejor puesto, conseguir una mejor casa, aprender un deporte, estudiar, viajar, decidir qué cocinar mañana. Estos ejemplos con mayor o menor dificultad se pueden comparar con mi experiencia en el Camino. Tengo que elegir mi dirección y, a partir de ahí, llevar a cabo un plan.

Pero no hablamos de cualquier plan, sino de nuestro plan. Para que las cosas funcionen, debemos valorar nuestras capacidades y opciones a elegir, y ver si es viable llevarlo a cabo, o adaptarlo a nuestras capacidades y recursos actuales. Esto es fundamental, ya que si nos engañamos a nosotros mismos difícilmente podremos llevar a cabo con seguridad nuestro objetivo. Esto nos ahorrará muchos malestares y nos ayudará a conocernos mejor.

En mi CAMINO,

enfrenté varios desafíos, como el cansancio, las ampollas y el dolor físico. Sin embargo, cada obstáculo superado me daba una sensación de logro y me enseñaba algo nuevo sobre mis límites y capacidades. Aprendí a escuchar a mi cuerpo y a ser paciente conmigo misma.

Una de las partes más enriquecedoras del Camino fue conocer a otras personas. Peregrinos de todo el mundo compartían sus historias y experiencias, creando un sentido de comunidad y apoyo mutuo. Estas conexiones hicieron el viaje aún más especial.

El tiempo a solas me permitió reflexionar sobre mi vida, mis metas y mis desafíos. Con la fibromialgia, cada día era una prueba de resistencia, pero también una oportunidad para aprender a manejar mi dolor y encontrar nuevas estrategias para vivir mejor.

Cuando hice el Camino por primera vez, dudé mucho de mí, de mis capacidades físicas. La humedad no me viene bien, no dormir, estar cansada, llevar peso en la espalda tanto físico como emocional… Pero aun así me preparé y decidí dar el paso. Me sorprendió el hecho de haberlo acabado. Luché contra mis males y les dije: “Yo puedo, a mi ritmo, pero puedo”. Tenía un mantra que repetía mucho cuando la fuerza se reducía al mínimo: “ESTOY AQUÍ Y AHORA, no hay nada más que yo. Te has preparado, llevas meses trabajando duro tanto la parte física como mental, así que camina y sigue”. Es una coletilla que la sigo utilizando.

Ahora, cuando enfrento malestares diarios, recuerdo la fuerza que encontré en el Camino y me siento más capaz de manejar mi condición.

Finalizar el Camino de Santiago fue muy gratificante. Me enseñó la importancia de la preparación, la resiliencia y la comunidad. Aunque hubo momentos difíciles, cada uno contribuyó a mi crecimiento personal y a entenderme más.

Tengo que decir que algunas palabras de algunos peregrinos resuenan en mi mente:

El camino es vida, es una vía de escape, es la frustración de esperar el día de comenzar la andadura, es alegría, es que un día empiece y no acabe nunca, es familia, es estar en casa… Podría dar millones de descripciones sobre lo que representa el camino y no acabaríamos nunca. Más allá del contexto religioso que tiene el camino, es una forma de evadirse del mundo, una manera de conectar contigo misma, con la naturaleza y con el universo. Es olvidarte por un momento del mundo de locos en el que vivimos.

Encuentro una similitud: tanto el Camino de Santiago como el taoísmo valoran la simplicidad, la conexión con la naturaleza y la búsqueda de un propósito más profundo en la vida.

Así que, ¿por qué no fusionar los dos conceptos? El Tao me ayuda a encontrar esa armonía en mi vida, esa paz y tranquilidad que siempre busco. El camino me ayuda a poner en práctica lo aprendido, a disfrutar de la naturaleza, a vivir el presente.